PARAPENTE
Comencé a dibujar en la pared, una experiencia que me gustó porque al fin me salí de los límites de la hoja. Ahora no tengo el prejuicio del borde, ahora la línea se va lejos y atraviesa todas las paredes. Hago líneas sugestivas, cada vez más alto. Me gusta estirarlas hasta lo más fino, casi a reventar, luego dibujo los nudos para que no se escapen.
Este fin de semana pasó algo inusual, una línea se fue por la ventana de la izquierda, era veloz, talvez porque soy zurdo. Me asomé para ver si la podía agarrar, pero se me fue cuando la tenía en la punta de los dedos.
Las ventanas son mi debilidad, por allí se escapan las miradas de todos los trazos. Ondulan hasta ponerse en posición de fuga, las miro atrevidas como un gato, dispuestas a romperse, dispuestas a unirse a las demás, aquellas que encontraron el hombre que viaja detrás de la ventana. Ese que es libre y sobrepasa el paisaje de nuestros horizontes. Dicen que es artista.
Dicen que traza líneas dentro de un parapente.
SAMBULLIDA
Las esferas infinitas se aproximaron, parecián estelas cósmicas en el azul. Todo se arremolinó cuando moví las manos. Lo supe primero, el aire es redondo bajo el agua. Me encantó la sensación de sentir volar como los peces, tan libres en lo denso del mar. Aunque tenía frío, lo olvidé cuando descubrí las alas de una manta raya.
Ondulante es el sol debajo del mundo, pensé, casi tan lejano como la voz de los otros. No me pude contener y me arrojé como todos, desnudo a hondar las corrientes menos cálidas. En la llegada al fondo conocí la caída lenta y larga, serena distorsión para ver lo oblicuo y profundo de las cosas.
Volé a lo denso y me guié por el sonido de los cuerpos. Allí conocí el poder de la sal, también el volcán submarino y el movimiento sensual de las anémonas.
Debo reconocer que ahora comprendo al solitario pez que vive en mi sala, que vuela en su espacio transparente y que a veces la muerte lo reconoce cuando brinca fuera del agua y se sube al techo. Él sabe bien de clavados, él es experto en hacerle a mi casa una gotera. Talvez solo por sentir la lluvia de nuevo y recordar su sonido bajo el agua.
Yo lo entiendo, sé la importancia de tomar el riesgo. Lo admiro en el temblor de su cuerpo. Inquieto, suspendido. Esperando el golpe mudo de las gotas detrás de todos mis atardeceres.
LA CASA
Solté tus manos después de una palabra. Sabía que su sonido era de muerte súbita. Era peor que un beso imaginario. Abrí la ventana sólo para verte ir. Siempre dejo que la brisa pase y ocupe tu espacio. Le converso un poco de nuestros problemas. Le explico que estoy cambiando de casa, y que es, como enfrentar un incendio cada mañana.
Siempre busco mi ropa entre las bolsas, los zapatos arrugados, unas medias café y mi saco gris; a veces tengo suerte y encuentro una corbata. Voy buscando entre retazos la imagen del viejito que soy. Me miro al espejo, el que esta quebrado en la esquinita, saludo la araña del hueco. Y encuentro ese rostro cambiado en la mañana.
No hay un cartón que se parezca a mi casa, porque todos los demás huelen a humo de humano. Las tres haches (hhh) eso es lo que tienen las demás casas. La mía tiene en cambio ventanas. Las corto con el cuchillo del pan imaginario. Hago un boquete vertical, lo calculo con el árbol de enfrente y zaz. Tengo un panorama aéreo de lado a lado.
Mi casa es como un faro. De vez en cuando, llega ella. Se que le gusta la sensación de vuelo que hay en lo alto. El viento sabe de nosotros, agita sus alas en la extrema punta del alba. Siempre revisa la casa, como buscando otra mujer en mi vida. Un papel, un rasguño, un mensaje cifrado entre mis dientes, siempre inventa algún modo de escape. Me mira a los ojos, abre su boca y el abismo se abre entre mis manos.
Regresa el día, soy casa nueva, y una vez más, me acompaña tu brisa en mi propio árbol de papel.
SUEÑO RUDINISTA
Salí a caminar y encontré mi sueño de toda la vida. Era negro, con bordes de madera torneada, se miraba bastante entero, así que lo compré y me subí para manejarlo. Aún conservaba los aros y la manivela de madera. Era muy antiguo como de 1930. Salí contento como si no me hubieran estafado.
De camino encendí el radio, me sorprendió que aún funcionara. Sin darme cuenta, comencé a escuchar las canciones de otro tiempo. Eso era, el radio sólo transmitía canciones viejas. ¡Simpático! —dije. De pronto todo cambió. Cuando hice el semáforo de la esquina, el lugar ya era otro. Pero otro de hace setenta años. No sé como ocurrió el salto, pero estaba allí en mi auto, con sombrerito de ala ancha.
Anduve unos metros más y lo vi. Estaba metido en una especie de tienda o librería. Paré el auto y me bajé. Le pregunté al señor de anteojos por el libro Indú, el de los viajes voladores. Me dijo — Casi nadie lo compra—. Lo tome y le di una ojeada por dentro. —¡Claro!, el primer capítulo: “Desdoblamiento de papel a través de un bien deseado”—.
—¿Quién es el autor?— pregunté .
—Fernando Rudín; lo ha leído?, es el Padre del Rudinismo—.
Me sorprendió mucho. Especialmente porque ese joven era un alumno mío. Miré la foto y sí, era él. Le dije: —Lo conozco conversamos ayer en la lección de escultura, está muy interesado en el arte Indú—.
—¡Que extraño!— contestó el hombre, porque él fue un monje budista que murió hace más de treinta años.
ARMEL
El cuento de todos los locos comienza con el sueño. Con el preámbulo necesario de querer volar. Los he visto agruparse en el escape del agua. Confabulados con la aspersión en la ira. Los brazos llenos de lodo, con una mirada desorbitada, brincando en el charco de esa casa. Siempre con la cara sucia. Siempre mirándome en lo alto.
Los martes Armel trae el almuerzo a la construcción; envuelto en papel aluminio. Ese día recuerdo las cogidas de café en La Cima y en el Alto de los Villegas. Los hambrientos nos tirábamos sobre las tortillitas y el pinto envuelto en hojas de banano. Ahora todo es en aluminio y plástico.
Después del almuerzo vuelven a salir. Con el traje blanco. Me miran como contentos. Y vuelven al escape del agua.
Armel dice que son buenas personas, que viven un sueño común. Ella los conoce. Los atiende de 2 a 6 pm. Luego me espera a la salida.
Ella me quiere, lo sé. Lo sé cada vez que miro su sonrisa atravesar los peldaños de la grúa, como deseando escaparse por el aire y llegar hasta aquí arriba.
Cuando bajo, Armel tiene los ojos cerrados y los brazos abiertos. Pareciera que ella nos comprende a todos.
Este fin de semana, me dio la impresión de que ella sabe lo de la copa de los árboles. Me dijo que desde el cielo se ve el techo de un bosque. Sabe también lo del sonido tenue y de las palabras del viento en lo alto del sueño.
Talvez sea cierto lo que dicen de ella.
Talvez ya está loca.
PAISAJE
El niño tenía la mano suelta, pintó la casa sin preocuparse en el tamaño, lo vi sonreir cuando hacía sus trazos violentos, sin lograr alguna apariencia. Lo hizo porque quería, por el simple placer de expresarse. Lo hizo porque desconoce el mundo.
El sol era una mancha extraña en el fondo, que no era fondo sino la pared misma de la casa. Tenía ventanas que eran escaleras y una puerta que era la casa. No pintó gente, pintó formas y espacios. Hizo el cielo como sus manos. Pintó a gusto sus colores y todas las manchas se hicieron horizonte vivo, cambiante.
Le interesó retratar su mundo, luego se llenó de pintura todo el cuerpo. Embarrado de color se hizo paisaje con su cuadro. Jugó, tiró colores al aire y descubrió el sentimiento del vuelo en los dedos.
Yo también tuve una vez la mano suelta. Lo sé, aún descubro manchas de color trazadas en mi cuerpo y siempre que vuelo, cruzo el arcoiris con los ojos abiertos.